No todo fue color de rosas, la gesta libertadora. Olvidando detalles, se suele resumir: Que San Martín, cruzó los Andes. Libertó Chile. Desembarcó en Pisco y el 28 de julio de 1821, proclamó la Independencia.
Restamos importancia que la gesta fue dura, sufrida hasta la muerte. Regada con sangre heroica de soldados anónimos. Y que los huesos de miles de vidas humanas, están regadas en los arenales o cumbres de las cordilleras.
Sabemos que el Libertador, estableció su cuartel general en Huaura el 10 de noviembre de 1820. Pero no conocemos sobre la “Epidemia de Huaura”, que diezmó el 50% de 4 mil soldados del Ejército Libertador.
Por el cambio de clima, a mediados de diciembre aparecieron los primeros casos de tifus, disentería, paludismo y cólera; propagándose rápidamente la epidemia, entre la soldadesca mal nutrida, falta de higiene y hacinamiento de los galpones.
En su “Memoria sobre las enfermedades epidémicas que se padecieron en Lima en el año 1821”, el protomédico limeño José Manuel Valdés, refiere que el terrible cólera, fue la causa de infortunios que azotó la capital y valles próximos.
La fiebre amarilla o “vómito negro”, en 1818 asoló la zona. El rebrote de 1821 en las tiendas del Ejército Libertador, fue dramático y devastador.
San Martín, tomó de inmediato las medidas destinadas a conjurar la epidemia. En cartas a O’Higgins informó que había más de 1.200 enfermos y faltaban medicinas. La plaza de Huaura se convirtió en hospital al aire libre y las arenas desérticas en un enorme cementerio.
El médico peruano y conspirador, Guillermo Geraldino, acudió solícito al hospital de campaña en Huaura. Asistido por el mulato peruano Juan Isidro Zapata, médico del Ejército de los Andes que acompañaba a San Martín desde Mendoza. Ellos suministraron a los soldados brebajes de aguardiente y quinina, con resultados halagadores.
A fines de mayo, la epidemia desapareció como había llegado. El crudo frío invernal de la costa fue beneficioso. También el clima estaba con la Independencia.
La milagrosa quinina planta nativa del Perú, conocido en el virreinato como los “Los Polvos de la Condesa”, curó a la esposa del Virrey atacada de terciana. Llegó hasta Roma y se convirtió en “Los Santos Polvos del Cardenal o del Papa”. Y en la campaña libertadora, salvó a José de San Martín y al Ejército Libertador, rebautizándola como “Los Polvos Milagrosos del Santo de la Espada”.
El historiador argentino Aníbal Ruiz Moreno señala: “Todo el Perú, además sabe que los soldados que trajo San Martín en setiembre de 1820, han perecido casi todos, por las horribles enfermedades que sufrió su ejército en Huaura y sufre en Lima y por los lancecillos de Ica; de manera que sus filas son de reclutas propiamente, y de gente de la costa, negra la mayor parte, cuya poca disposición todos conocemos”.
En el ejército realista sucedía igual. En el cuartel general de Aznapuquio del virrey defenestrado, Joaquín de la Pezuela, también se sintieron los estragos de la “Epidemia de Huaura”, que diezmó 3 mil soldados. Obligando al nuevo virrey José de La Serna, abandonar precipitadamente la ciudad de Lima, su poderoso bastión y Capital del Virreinato del Perú, dirigiéndose a la sierra de Jauja en busca de mejor clima, para contrarrestar la fiebre amarilla.
En Lima los hospitales estaban repletos de enfermos que morían diariamente entre 30 a 50 personas, registrándose en el hospital Santa Ana 107 fallecidos en un solo día. Agregándose la falta de alimentos por la presencia de los heroicos Montoneros, que habían cercado la Capital Virreinal, bastión de los realistas.
El mismo San Martín al borde de la muerte, el 25 de febrero con fiebre muy alta y constantes vómitos, guardó cama en su tienda de campaña de la hacienda “Ingenio”; atendida por la bella patriota guayaquileña Rosita Campusano, a base de polvos de quinina, caricias y aguardiente. El brebaje resucitó al “Santo de la Espada”, y a la soldadesca, rebautizándola como “Los Polvos Milagrosos del Santo de la Espada”.
El Libertador, confesó a su amigo Bernardo O’Higgins: “Mi salud está sumamente abatida. Antes de ayer me levanté después de siete días de cama. Creo con evidencia que si continúo así pronto daré en tierra… Estoy loco… Créame usted de buena fe que algunas veces me encuentro desesperado y he estado pronto de ir a atacar al enemigo y aventurar la suerte en una acción decisiva para salir cuánto antes de este infierno y descansar de una vez; pero la consideración de que de la suerte de esta campaña pende el bien de tantas generaciones, me hace sufrir”.
También los héroes son humanos y están hechos del mismo barro que los mortales.
Nos preguntamos: ¿Qué hubiera ocurrido si San Martín moría víctima de la epidemia?
Felizmente para la libertad del Perú y América, pudo recuperarse, gracias a “Los Polvos Milagrosos del Santo de la Espada”.